¿Es la información veraz un privilegio en la sociedad del s.XXI?
Isabel Luque Pérez.
Comenzar haciéndonos preguntas es el primer paso para dudar del mundo que nos rodea. Por ello, el elogio a la duda debe existir para la idea propia y la ajena, pero ¿acaso elogiamos simplemente la duda que más nos conviene? Sin duda, una de las frases más esclarecedoras al respecto se le atribuye a Nietszche: ‘toda convicción es una cárcel’, lo que presagia, ni más ni menos, uno de los retos a los que nos enfrentamos los docentes en el siglo XXI: el fomento de encontrar información veraz y contrastada junto con la lucha contra la desinformación a la que nuestro alumnado se ve expuesto debido al acceso indiscriminado a redes sociales.
Si pensábamos que la educación podría parapetar al alumnado de la desinformación constante y viral que embiste la sociedad, no podríamos estar más equivocados. Los bulos se crean deliberadamente para modificar la verdad bajo pretextos moralmente cuestionables. Es por ello que, desde un enfoque competencial, los docentes nos enfrentamos ante un reto de tamaño colosal: cómo enseñar a discernir entre una información real y contrastada y otra falaz, particularmente en un contexto donde la infodemia – el exceso de información sobre un tema – inunda las redes sociales, principal fuente de información para nuestro alumnado. Para ello, hay que analizar a qué nos enfrentamos de manera taxativa y priorizar sin titubeos una alfabetización digital que traspase el papel de la normativa y se traslade a las aulas.
Sin embargo, cabe destacar que, para ello, debemos analizar qué ocurre y el porqué. Bajo mi punto de vista, existe un adormecimiento del pensamiento crítico debido a la constante recepción pasiva de contenido que sufren los adolescentes en redes: absorben contenido breve, atractivo y en un lenguaje cercano y familiar a ellos. En un segundo lugar, una noticia falsa hará que predomine la emoción sobre el hecho objetivo. Además, debemos preguntarnos qué tipo de cuentas sigue nuestro alumnado para informarse: la mayoría no siguen a periódicos, radios o informativos sólidos, sino que beben de influencers o tiktokers principalmente. En tercer lugar, hay una línea débil pero tensa entre la transmisión de la información fidedigna y objetiva y la transmisión de dicha información que apoye nuestros propios sesgos.
Así las cosas, nuestro principal reto como docentes es proporcionar herramientas de autonomía digital donde el alumnado sea capaz de verificar las noticias por sí mismos con un visionado crítico para que puedan desarrollar ideas propias, alejados de los denominados sesgos de confirmación vehementes.
No hay duda que urge acometer una transformación – realista, cercana y aplicable –en torno a la legislación vigente en cuanto a alfabetización digital que permita desarrollar mejor la mirilla por la cual el alumnado accede a la información: con resiliencia digital y tras una mirada crítica que les permita estar informados de manera exacta, ajena a imposiciones ideológicas ajenas.
Definitivamente, la lucha contra la desinformación no puede ser nuestra particular piedra de Sísifo.